El juego de la fortuna

El juego de la fortuna
NÚMEROS Y CONCEPTOS. Modelos estadísticos, inversiones millonarias y una particular apuesta. El Liverpool, más allá de Anfield. John W. Henry y Klopp no caminaron solos.

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Por Nicolás Paul

“La buena suerte no es casual, es producto del trabajo; así la sonrisa de la fortuna tiene que ganarse a pulso”, escribió el poeta estadounidense Emily Dickinson. Aunque, en el fútbol, el factor de lo impensado juega un papel fundamental. Sin embargo, el éxito del Liverpool no tiene nada que ver con la suerte. La historia de gloria del equipo de la ciudad de los Beatles es fruto de las consecuencias de un proyecto que se basó en los números y en las estadísticas. En aquello que no tiene que ver con el azar. Nada es casualidad.

Debido a la evolución del fútbol en Inglaterra y al desembarco de los capitales privados en las administraciones de los clubes, la Premier League se convirtió en la mejor y más equitativa liga del mundo. Fenway Sports Group es el grupo inversor que tiene la mayoría accionaria del Liverpool. Y desde octubre de 2010 permanece al frente de la toma de decisiones en Anfield, luego de estar al borde de la bancarrota. Su aterrizaje en suelo británico se concretó con la compra del Fulham y, tras esto, se permitió dar un paso adelante con la adquisición de la institución inglesa más laureada hasta la creación de la Premier. Hasta ese entonces, los Reds habían cosechado 18 títulos domésticos y Manchester United, el eterno rival, tenía apenas siete y atravesaba una racha de 25 años sin consagrarse campeón.

El juego de la Fortuna, película estrenada en 2011 y nominada a seis Premios Óscar, narra la historia de Billy Beane, Gerente de los Oakland Athletics, de la Liga Mayor de Béisbol (MLB) de los Estados Unidos, que, a través de un sistema basado en matemática y estadísticas, convierte a uno de los peores equipos en uno de los mejores. John W. Henry, propietario mayoritario de Fenway Sports y hoy dueño del Liverpool, trató por todos los medios de convencer a Beane de que firmara para su franquicia, los Boston Red Sox, la más tradicional del deporte con más historia en Norteamérica. La Maldición del Bambino se había apoderado de los Medias Rojas, luego del traspaso de su pitcherBabe Ruth, a los New York Yankees. Pero ni el enorme desafío deportivo ni el ofrecimiento de un contrato récord pudo cambiar la decisión de Beane de quedarse en California, cerca de su hija. Entonces, fue el propio Henry quien debió torcer el curso de las cosas para ponerle fin a un maleficio que había perdurado por 86 años y que, recién en 2004, acabaría por romperse, como resultado de la fórmula que le había copiado a Beane. La misma que, hace semanas, derivó en la coronación del Liverpool como campeón de Inglaterra, luego de 30 años sin conseguirlo. Otra apuesta ganada por Henry. Y otro hechizo maldito que dejó sin efecto gracias a este modelo de estadísticas analíticas, que había dado un vuelco en el béisbol, que viene haciéndolo en la NBA y que por estos tiempos empieza a abrirse paso en el fútbol. Liverpool ha sido uno de los primeros en aplicarlo. Y obtuvo resultados elocuentes. En Anfield, habían festejado su última liga inglesa en tiempos en los que aún no era obligatorio que todos los espectadores tuvieran su asiento. Hoy, los Reds no sólo han sumado a sus vitrinas su 19º título, sino que además han impuesto un método deportivo y de gestión que lidera en la élite.


Otra apuesta ganada por Henry. Y otro hechizo maldito que dejó sin efecto gracias a este modelo de estadísticas analíticas.

En Liverpool, una ciudad de fábricas y obreros, donde nació John Lennon, que alzaba la mano por la paz y abrazaba a los trabajadores en su canción Working Class Hero, concluyó este proyecto un declarado socialista en un uniforme completamente rojo, justamente: Jürgen Klopp. Nada es casualidad. Henry acudió a los teóricos de Cambridge para demostrar científicamente quién debía ser el entrenador del equipo y cuáles las futuras contrataciones dentro del campo. Los números señalaron al hombre nacido en Stuttgart, que había lucido su forma con el Borussia Dortmund al llegar a la final de la Champions League en 2013, pero que dos temporadas después terminaría en la séptima posición de la Bundesliga. Según los datos y los algoritmos, la colocación en la tabla general no se ajustaba a los méritos hechos, pero aquellos datos sí reflejaban el poderío real y la eficiencia del coach alemán. Ian Graham, presidente del equipo estadístico de los Reds, elaboró un informe que descontaba los eventos aleatorios que tiene el fútbol para lograr una conclusión incuestionable. El estudio fue sólo en base a números. Graham no vio ningún partido para contratar a Klopp.


Henry acudió a los teóricos de Cambridge para demostrar científicamente quién debía ser el entrenador del equipo.


Ian Graham, presidente del equipo estadístico de los Reds, no vio ningún partido para contratar a Klopp.

A partir de la llegada de Klopp, en Anfield fueron reconstruyendo la estirpe de club dominante. Un segundo puesto en la Europa League, otro en la Premier, tras una campaña digna de un campeón, la obtención de la Orejona, tras dos finales consecutivas en Champions, y el título más ansiado de todos: el de campeón de la liga top del momento en el mundo y con la mayor diferencia histórica de puntos (23 más que su perseguidor), al momento de conseguirlo, e igualando el récord de victorias consecutivas. Para todo esto, claro, han sido fundamentales las contrataciones de Salah, Mané, Wijnaldum, Firmino, Robertson, Allison Becker, Fabinho y Van Dijk. Todas ellas, decididas a través de las ecuaciones, las calculadoras, las planillas y los análisis. El mejor equipo de la actualidad no tuvo nada de fortuna, como tampoco Beane en los Athletics ni Henry en los Red Sox. Este Liverpool se formó desde la más compleja de las racionalidades, maniobrado por el más firme y locuaz de los entrenadores, que encajó a la medida en el entramado sociocultural de la ciudad portuaria que vio nacer a los Beatles y que nunca abandonó a los suyos, a pesar de la sequía. Sonríe el Liverpool. Y sonríe en grande, como quien lo ha ganado a pulso.

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