Leeds, el rebelde que eligió ser grande
DE LOCOS. Del anonimato a la fama de pendencieros. Del naufragio a la resurrección desde el moralismo. Un retorno que le pondrá más pimienta a la Premier.

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Por Nicolás Paul

La grandeza no se elige, se construye, dicen. A través del trabajo, de las victorias, de los títulos. Incluso, con las derrotas. Se vigoriza con la permanencia y las hazañas. Y con los hitos que marcan la historia. El Leeds, conducido por Marcelo Bielsa, y reciente campeón de la Football League Championship, la segunda división inglesa, tomó por asalto al fútbol de su país; miró a los grandes, adoptó colores y rivalidades y, en épocas de crisis, se reformuló para renacer, como un equipo rebelde que eligió ser grande.

Leeds, una de las ciudades más importantes del norte y la tercera más poblada de Inglaterra, líder en la producción lanera, por su masa obrera calificada, y con universidades de primer nivel, no tuvo un club de fútbol fuerte y ganador hasta las décadas de 1960 y 1970, a diferencia de las otras plazas más prósperas del país, que ya gozaban de sus laureados equipos. Hasta ese entonces, el valor más reconocible del que podían jactarse sus habitantes era su innegable vínculo con la Revolución Industrial. El football, justamente nacido en las fábricas y disfrute esencial de sus trabajadores, no había tenido un representante de esa ciudad que pudiera competir en el nivel nacional. Apenas había subsistido por un tiempo el Leeds City Football Club, hasta que, en 1919, se declaró en bancarrota y tuvo que dejar atrás ese primer nombre. Fue recién en 1961 cuando se produjo el punto de quiebre del que surgiría uno de los mejores y más emblemáticos equipos de la historia en Inglaterra. Don Revie asumió como entrenador y lo hizo apuntando alto, pensando en grande: hasta aquel año, el Leeds se había vestido de azul y amarillo, pero el coach entendió que era necesario provocar un giro también desde los orígenes y creyó que la cosa iría mejor si cambiaban al blanco característico del Real Madrid, ganador entonces de las primeras cinco Copas de Campeones. A partir de allí, nacería el Dirty Leeds, los sucios, que con su particular forma de vivir el fútbol, tomarían desprevenidos a los grandes.

Dentro del campo, aguerridos y combativos, tenaces en todas las jugadas. Fuera del rectángulo verde, forajidos y pendencieros, dispuestos a pelear con cualquier rival. Con esa premisa llena de atrevimiento, el resurgimiento del Leeds vino encaminado hacia una consecución de títulos: la Copa de la Liga en 1968; un año más tarde, la primera liga inglesa, que repetiría en 1974; la FA Cup, en 1972; y en 1992, la coronación como último campeón de primera división, antes de la creación de la Premier League, y poco después de haber ascendido, tras ocho temporadas en la segunda categoría, otra vez. Sin dudas, el logro más peculiar de una entidad que optó ser grande por antonomasia a sus rivales. En ese equipo, brilló Eric Cantona, nada menos. Fenomenal y fiel a su estilo, en la celebración de aquel título, el francés dejó en evidencia esa mancomunidad propia de este club y sus hinchas: «Los quiero, no sé porqué, pero los quiero mucho». Acaso ese sentimiento era porque nunca antes lo habían acogido como si estuviera en su casa. Por primera vez en su vida futbolística, Cantona se había sentido a gusto del todo. El Leeds parecía estar hecho a su medida. Y viceversa. Lo suficiente para hacer de las suyas en el equipo que comandaba Howard Wilkinson, el último entrenador inglés que, hasta la fecha, salió campeón del más alto nivel en Inglaterra.


En 1961, el entrenador Don Revie, creyó que era necesario cambiar desde los orígenes y empezaron a vestir el blanco característico del Real Madrid. A partir de allí, nacería el Dirty Leeds, los ‘sucios’, que con su particular forma de vivir el fútbol, tomarían desprevenidos a los grandes.

Durante más de una década, el Leeds marchó con paso ganador y hasta accedió a la final de la Copa de Campeones de Europa, que perdió ante el Bayern Munich de Sepp Maier y Gerd Müller, y que tuvo a uno de los arbitrajes más polémicos. En su época de auge, eligió a su principal oponente: el Manchester United. La rivalidad de las Rosas tuvo su punto de ebullición en los años ’70, con ambos siendo protagonistas en las peleas por los títulos y por la furia en sus tribunas. Un enfrentamiento que aún perdura, desde la fiereza y el odio mutuo que fueron sembrando desde aquellos tiempos. Y para lo que mucho tuvo que ver la filosofía que el Leeds y sus seguidores tomaron como propia para trascender. La de un equipo peleador en la cancha. Y también afuera de los estadios. En menos de 20 años, pasó de ser un club modesto a transformarse en el más antipático del país.


Dentro del campo, aguerridos y combativos, tenaces en todas las jugadas. Fuera del rectángulo verde, forajidos y pendencieros, dispuestos a pelear con cualquier rival.

Un rasgo característico del Leeds ha sido elegir con quién combatir. Como una motivación extra. También en estos últimos 16 años, en su prolongado paso por las categorías bajas, incluyendo la League One, la tercera división en Inglaterra. Y su elección no fue casual: el Millwall, el otro club de menor empatía en la nación, fue la representación del enemigo. Hasta 2004, se habían enfrentado en una docena de ocasiones, pero una vez que se toparon más seguido, los duelos se volvieron carne. Sobre todo, a partir de aquella serie eliminatoria, en 2008, por el ascenso a la Championship, que estuvo plagada de incidentes antes y después del partido, y que desató enfrentamientos entre los seguidores y contra la Policía. El Leeds acabaría perdiendo adentro del campo.


El resurgimiento del Leeds vino encaminado hacia una final de Europa y una consecución de títulos domésticos: una Copa de la Liga, una FA Cup y tres ligas, la última de ellas, ntes de la creación de la Premier League.

El Leeds se ha forjado como una singular comunidad entre institución e hinchas. Tan sentimental como polémico. Socialmente entrañable y distante en iguales proporciones. Desde cualquier lugar. Capaz de aceptar una caricatura de Bin Laden en las gradas del Elland Road, en días de pandemia, como de regalar un sentido homenaje a Jack Charlton, hermano de Bobby y ganador de la Copa del Mundo en 1966, quien jugara toda su carrera para los blancos. Hace dos años, la dirigencia rediseñó el escudo para adaptarse mejor a las nuevas generaciones. La misión era comenzar a preparar, desde lo emocional, el regreso a la Premier. Ese cambio fue incialmente rechazado por muchos de sus fanáticos, pero aceptado después. Y vino acompañado de otro golpe de timón: la llegada de Bielsa, un entrenador emblemático, con una forma de sentir el fútbol tan marcada como opuesta a la que idenfiticara a los sucios de Leeds. La primera piedra para la construcción de un nuevo Leeds, con otra imagen, absolutamente discordante con la histórica, empapada de honestidad y sinceridad. Un fiel reflejo de la filosofía de vida de su conductor y nuevo artífice, capaz de admitir un espionaje y pedir disculpas, como de devolverle un gol al rival. Una acción tan propia de Bielsa, como antinatural para el Leeds.


Hace dos años, hubo otro golpe de timón: la llegada de Bielsa. Su conductor y nuevo artífice, capaz de admitir un espionaje y pedir disculpas, como de devolverle un gol al rival. Una acción tan de su personalidad como antinatural para el Leeds.

Para seguir vigente o renacer, es debido cambiar. Abandonar la piel de siempre. Y el Leeds lo hizo. Dejó atrás su afán de equipo combativo y se refundó desde otra mirada, otro estilo. Para ello, puso su fe en un entrenador revolucionario, con tantos devotos como detractores. Y alineado con todo lo que contradecía a los valores que configuraban la idiosincrasia del Leeds. Pero desde las entrañas, aceptaron que, para crecer, había que romper el molde, una vez más. Y hoy, el objetivo está cumplido. Haber logrado el ansiado ascenso, con la obtención del título como plus, fue superar el trauma que había generado el dramático partido de los play-off, por el último boleto a la Premier, frente al Derby County, dirigido, en ese entonces, por Frank Lampard, a quien Bielsa reconoció haber espiado. Esta conquista, pergeñada desde las formas más moralistas, marcó un paradigma. Las rebeldías de Bielsa hicieron mella en un club históricamente rebelde. No sería extraño encontrarse, en el futuro, con una estatua suya, al lado de la de Revie, en las afueras del Elland Road. Sería un justo reconocimiento para quien es visto como un loco, por una sociedad en bancarrota. Un loco, por pedirles a sus futbolistas que equilibraran injusticias devolviendo un gol. Por no perseguir el triunfo a cualquier precio. Por su rebeldías, locas. Las que precisaba el Leeds para retornar a un lugar que, por tradición, le pertenece. Y porque, aunque con armas distintas, eligió ser grande otra vez.

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