En tres toques: MatchDay 8

TAC, TAC, TAC. El sonido hermoso de este juego. La batalla de Iličić, el cholismo vacío y las garantías de Cristiano. A romper la línea de la presión.

Instagram

Por Emiliano Chavez


El primer pase

ILIČIĆ, SIN LAS LUCES DE CHAMPIONS

«Nosotros también estamos con ustedes, que son nuestros ángeles, para ganar el partido más importante». Josip Iličić no dedicó esta frase para alentar a sus compañeros de equipo. No porque no lo haga. Ni porque no sintiera que el duelo con el PSG resultaba ser el más relevante de la historia del Atalanta. Pero, desde hace tiempo, en su cabeza no hay espacio para el fútbol. No está para pensar soluciones en el área. Ni conserva el espíritu para transformarse en el héroe de una ciudad. Se ha quitado el traje de salvador. Está encerrado en un laberinto emocional. Le duele el pasado. Lo acosa el presente. El futuro está borroso. Le pesan las piernas y el alma. Corre sin correr. Intenta escapar de sus propios tormentos. Aquellos que en marzo lo atraparon en medio del escenario apocalíptico que desató la pandemia. Su bienestar en Bérgamo se había vuelto una pesadilla, marcada por el sonido de las sirenas y la cruda imagen de los cadáveres en los camiones militares. La tragedia otra vez merodeaba a su alrededor. Y ahora, con su consciencia despierta. Ni siquiera el regreso a las canchas le sirvió de remedio. Los cinco goles al Valencia por Champions eran polvo. Iličić no aguantó más y se marchó tan lejos como pudo. Y lo suficiente para desaparecer del mapa futbolístico y de los planes de su entrenador Gasperini. Apenas si ha dado señales de su ubicación. Los bosques eslovenos, acaso, le den algo del oxígeno que ya no encuentra en Italia. Un exilio en busca de la paz.

Alguna vez, ya en Munich, Pep Guardiola confesó que se había mudado a 6.000 kilómetros de distancia para reencontrar la tranquilidad que la vida política del Barcelona le había arrebatado. No es la primera que vez que Iličić huye a su país adoptivo. Su niñez, como la de tantos otros bosniocroatas, estuvo signada por la Guerra de los Balcanes. Al tiempo de haber perdido a su padre, cuando tenía tan sólo nueve meses, abandonó su Prijedor natal, junto a su madre Ana y su hermano Igor, y pasó su infancia en Kranj, al norte de Eslovenia. Su formación en la cantera del NK Triglav fue un método inconsistente de escape. Y su ascendente carrera, que desembocó en el Calcio y en la selección eslovena, evitó que los traumas se despertaran. Sicilia, Florencia y, claro, la città bergamasca lo cobijaron en la última década. Pero dos episodios, uno devastador y otro angustiante, sacudieron su calma interior. La repentina pérdida de Davide Astori, su compañero en Fiorentina y por quien rompió en llanto en su homenaje, y una infección bacteriana en los ganglios linfáticos, que lo tuvo al borde de la muerte, afloraron sus temores. Y lo empezaron a sacar de su burbuja de futbolista. «Tenía miedo de dormirme y no volver a despertarme, de no ver más a mi familia. Me conformaba con hacer vida normal». Se enfocó en disfrutar de su mujer y sus hijos. El proyecto deportivo del Atalanta lo animó a resurgir. Y le devolvió su mejor versión. Pero la oscuridad del virus que azota al mundo le llenó de sombras su momento más iluminado. Y su figura se opacó hasta perder todas sus luces. Gasperini lamentó su ausencia «como si a la Juventus le faltara Dybala, Lukaku al Inter o Immobile a la Lazio». A Atalanta se le acabó el sueño. Iličić ha tenido que refugiarse una vez más. Su Champions no se juega en Lisboa.

Pase entre líneas

LA TRAMPA DE SIMEONE

«No es importante ganar. Es lo único que hay». La reflexión de Simeone empuja a preguntarse ¿qué les quedará a los demás, entonces? A aquellos equipos que no tengan el poder del Madrid que, de una u otra forma, siempre acaba en el podio. A los que no llevan en su camiseta el escudo del Barcelona, que aún en momentos de confusión, se sirve de la astucia de un fenómeno como Messi y de los valores de su escuela. A los que no gocen de un engranaje que hace funcionar a una máquina infernal como el Bayern. A esos que no pueden vestirse como la Juventus, que confecciona su modelo de cada temporada con nuevas figuras. O a los que no mueven petrodólares ni contratan superestrellas desde palacios de Medio Oriente. El City y el PSG parecen mejor encaminados que nunca antes en el plano europeo. ¿Qué le queda a su Atlético Madrid, que ha podido antes, y podrá acaso en el futuro, cargarse a alguno de estos gigantes, pero nunca darse tantos lujos? ¿Qué le ha dejado en el plato su propio entrenador, hambriento del éxito, como cualquiera de sus competidores, al punto de atragantarse con sus palabras? Nada. Porque ganar era tan absoluto que se los ha devorado por completo.

Simeone ha quedado dando vueltas en su círculo vicioso. Aquel que se alimenta de sus discursos light de fundamentos y con muchas calorías del ganarcomoseismo que tanto le gusta a su paladar. Ha caído víctima de su trampa. Una vez más. Porque si ganar es lo único ¿qué saldo les quedará a los colchoneros que lo endiosan (y con razón)? Si el resultado, a fin de cuentas, siempre lo justifica todo ¿a qué altura ubicará su andar de entrenador en Champions, con un par de finales perdidas y otro puñado de eliminaciones coperas? Sus explicaciones tienen gusto a poco. Aceptó la inferioridad ante un rival que, vaya paradoja, quiso ganar. Y que no escondió sus pretensiones en el juego. A Simeone le duele el resultado. Justo, ese aliado, traicionero muchas veces, por cierto. En un acto casi antinatural para su filosofía, valoró el camino hecho hasta la derrota ante el Leipzig y, como aliciente, se permitió recordar la hazaña en Anfield, que dejó sin corona al formidable, y todavía vigente campeón, Liverpool de Klopp, uno que lo mira desde la vereda opuesta. Y ya no tuvo fuerzas para hablar del triunfo como si no hubiera otra razón de ser en el fútbol. Aunque el cholismo no se lo crea.

Pase de gol

LA AMBICIÓN DE CRISTIANO, AL MEJOR POSTOR

¿Qué extrañar cuando la magia se ha perdido? ¿Qué más pedirle al destino que ya ha devuelto con creces los frutos de tanta dedicación? La ambición deportiva que moviliza a Cristiano Ronaldo apenas puede compararse con la que impulsa a Messi, año tras año. Porque son dos ganadores que no descansan de esa voracidad competitiva. No se permiten una pausa. Desde que se han apoderado del trono futbolístico, han levantado un reinado casi eterno. Prácticamente, no han dejado un solo récord en pie. Y han librado entre sí una batalla de superación atlética que lleva más de una década. Ya fuera de los duelos Madrid-Barça, el portugués encaró el desafío de extender su imperio hasta otro territorio: Italia. Ya se había probado a sí mismo, y al mundo, que era capaz de dominar en la Premier League y en la Liga. La hegemonía de la Juventus en el Calcio le ha dado un contexto a su vigencia en lo más alto de la élite y le ha alcanzado para sostenerse en el duelo de todopoderosos. Pero los dos Scudetto no tapan las frustraciones europeas. Ni mucho menos han saciado a CR7. Y el final prematuro ante Lyon parece haber dejado entreabierta su puerta de salida.

¿Sería una motivación extra para Cristiano jugar al lado de Messi? ¿Estaría feliz de compartir el protagonismo, o incluso ocupar un segundo lugar en la cartelera del Camp Nou? ¿O le resultaría más atrapante ser el número 1 en Francia o en la creciente MLS? Lo cierto es que resulta difícil imaginarlo pintado de blaugrana. Y tanto más que su ego asuma un rol de partenaire. El dinero del PSG y mantenerse en el candelero, o la inmediata admiración y bajar algunos decibeles en los Estados Unidos podrían ser la zanahoria de un salto hacia otro reto. Uno que le colme las expectativas personales y que lo tenga en plenitud de cara a la Euro y al Mundial de Qatar. Mientras, Pirlo ya diseña el nuevo modelo juventino alrededor de su aura. A los ojos de pretendientes o interesados, Cristiano es garantía de confianza. Buscado u ofrecido, se lo llevará el mejor postor.

Leave comment

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.