El Bayern desangra al Barcelona: la culpa es de Pep

SIN PIEDAD. Un proceso, un método, una idea y un conjunto de valores en plenitud. Los argumentos del gigante bávaro, en una paliza histórica a un equipo gastado.

Instagram

Por Emiliano Chavez

«Van como bestias a la presión. A Müller le dices que corra 40 metros en diagonal hasta la banda y lo hace a toda pastilla, y vuelve atrás y lo repite cien veces si hace falta». Era el primer domingo de julio de 2013 y el verano en el Trentino lo encontraba a Guardiola más que satisfecho con la predisposición de sus dirigidos, pero igualmente la ubicaba en contexto: «Lo haremos así en muy pocas ocasiones en la temporada. Contra equipos como el Barça y alguno más. El resto, a la tercera vez que los presionemos, pasará a lanzar balones largos y nos regalarán la pelota». Estos dos extractos de Herr Pep, el libro del periodista Martí Perarnau, sirven, por lo menos, de introducción a la paliza histórica que el Bayern le ha propinado al Barcelona, siete años más tarde. Una lección demoledora de un equipo aterrador a otro que deambula acabado, desde antes de Lisboa.

Aquel stage, a orillas del lago de Garda, lo tenía a Pep frente a un desafío tan grande como sustancial: inyectarle su idioma futbolístico al vocabulario alemán y, en efecto, hacer que confluyeran uno y otro. En contraste con su método en el Barça, opinaba que el Bayern debía tener superioridad en la zona central y redoblar ese dominio por fuera para acabar los ataques, una postura que, además, le brindaría una mayor protección ante un eventual contragolpe. Dicho esto, y aunque jamás pueda regodearse por las calamidades que atraviesa el equipo de su alma, Guardiola habrá sentido, como nunca antes, que su misión en el fútbol alemán se ha cumplido definitivamente. Porque el Bayern ha adoptado cada palabra de su diccionario y lo ha hecho bilingüe. Incluso, lo ha vuelto, en cierto modo, universal. Casi con la misma fluidez, parlotea con el acento típico de la potencia germana y los conjugaciones del esteticismo catalán, al tiempo que se pronuncia en el campo con algo de la gracia latina. Su monólogo ante el Barcelona fue digno de un conjunto políglota, que se ha aprendido todos los proverbios del guardiolismo. Y que juega, como se dice en la jerga futbolera, de memoria.

«La idea es dominar el balón». La frase de Cruyff que se le hizo carne a Pep, se le ha hecho piel a este Bayern. Desde Thiago Alcántara, un europeo que gestiona el juego con el ADN brasileño que trae de su padre, el también mediocentro, de los ’80 y ’90, Mazinho. De formación culé, llegó a la ciudad deportiva Säbener Strasse como única incorporación de aquella campaña inicial de Guardiola en Múnich. «Thiago oder nichts» («Thiago o nadie»), exigió públicamente el maestro de Santpedor. Veía en su aporte la pausa complementaria de tanta agresividad e inteligencia ofensiva, que hoy se representa en el trinomio que compone con Goretzka, a su lado, y con Müller, por delante. Para ello, Pep debió antes revolucionarle su esencia, durante su progreso en el filial y luego en su salto al gran Barça, casi al punto de fastidiarle su armonía de jugador. Y ya hecho a la medida, aterrizar en el Bayern, para Thiago, fue la liberación de su versión integral. Su simpleza en el pase productivo y la osadía de hacerlo con la mirada distraída fueron la aguja de la puntada que empezó tejer la sentencia de un Barcelona, a esa altura, descosido. Justo desde los pies de un producto elaborado en La Masia. Otro motivo para culpar a Guardiola.


📷 GETTY IMAGES.

«Saber hacer presión sobre el portero rival a través de delanteros muy adelantados es un recurso que usarás muy poco, pero has de saber hacerlo. Por eso, Pep lo explica y lo irá recordando a lo largo del año». Lorenzo Buenaventura, hoy preparador físico en el City, confesaba aquella obsesión, casi caprichosa. Y de tanto ensayarla, el Bayern la ha asumido como propia, con el intercambio de posiciones en las fases de pressing. Gnabry, de tan inquieto, se corrió de una banda para centrarse y recuperar alto. Y enseguida, el desequilibrio por fuera de un Perisić fulminante al pisar el área. Un mecanismo repetido para forzar otro error del rival y facturar de nuevo. Con Kimmich y Davies escalando a tope los laterales y acabando uno lo que inicia el otro. Así se produjeron los dos golpes de knockout que sacaron por completo del ring a Messi y compañía.

Cuando Guardiola arribó a Múnich, Matthias Sammer era el director deportivo del gigante bávaro. En otro fragmento de la obra de Perarnau, desnudaba los dos objetivos que se había trazado el club. Lograr estabilidad en el máximo nivel y edificar una era exitosa. Estaban sedientos. No tanto de laureles, una garantía de la casa, sino de un modelo de juego perdurable y reconocible. Uno distinto al que había patentado como marca registrada en las anteriores cuatro décadas. Esa ha sido la apuesta fuerte de esta maquinaria alemana. No conformarse con la gloria del momento, muy apetecible para cualquiera, y salir de la zona de confort para consolidar un cambio radical. La «tercera fase del plan Bayern», visto así por el asesor del Consejo de fútbol y ex jugador, Paul Breitner, venía a completar un proceso evolutivo que había empezado con la semilla de Louis Van Gaal y su posesión del balón, y prolongado con el período de Jupp Heynckes, con la aceleración de ese dominio. Cumplidas las primeras dos etapas embrionarias, el gen revolucionario era el que debía culminar aquella gestación: «Pasar al cambio de posiciones, a la circulación constante del balón, y al movimiento fluido y sin cesar». Entonces, Pep.


📷 GETTY IMAGES.

En su primer contacto con la plantilla del Bayern, Guardiola se rascó nerviosamente la cabeza al percibir cierta tosquedad de los alemanes en el ejercicio de los rondos. Acaso, por eso prefirió no abrumarlos con tanto concepto de entrada. «Pueden equivocarse en un pase o en una jugada, pero no dejar de correr. Si lo hacen, kaputt, fuera del equipo». Esa única indicación de aquellos primeros días guardiolistas en Alemania, pareció ser más un disparador que una advertencia. Porque, si de un atributo no han sido carentes los germanos, es de la consistencia atlética y mental. Esa voracidad que los lleva al máximo rendimiento también configura a este Bayern. Y fue notoria en la ambición de liquidar a un Barcelona que se desangraba en el césped. Un auténtico déjà vu del 1-7 histórico que destrozó a Brasil en su Mundial. Aplaudía exultante Hans-Dieter Flick, también protagonista de aquella goleada en el Mineirão, cuando era asistente de Joachim Löw, hoy confirmado como entrenador hasta 2023, en un ciclo que inició como interino en noviembre pasado. Y se rompía las palmas de sus manos Müller, en cada celebración, para felicitar al goleador Lewandowski y a Coutinho, descartado por el Barça, vaya ironía. Le sobran razones, más que ocho, a este Bayern todopoderoso para andar orgulloso en la cima de la élite. Y a Pep, para sentirse culpable.

Leave comment

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.