La autodestrucción del Barça y el desafío del ‘cruyffismo’

UN FINAL SANGRIENTO. Una plantilla deteriorada, un ciclo acabado y la autoflagelación de una dirigencia miserable. El método deberá reinventarse.


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Por Emiliano Chavez

Ya era de madrugada en Buenos Aires. El sol debía estar pariendo otro amanecer en Barcelona. En ese momento, cae un mensaje en el celular, que matiza el pensamiento y revoluciona la nostalgia. «Leí tu nota sobre Guardiola (y el Bayern) […] Ahora, te pregunto ¿no hay un poco de exageración en la calificación de los alemanes? ¿O será que a mí no me deslumbraron nunca? Porque, desde el recuerdo, me trae la más trascendental hazaña de su fútbol: haberle ganado esa final del ’74 al equipo que jugaba el Fútbol Total y que, además, tuvo al más grande jugador europeo de la historia. No sé, me parece que son grandes atletas, pero si este es el mejor fútbol del mundo, cada vez me irá gustando menos este jueguito ¿O será que ya de viejo a uno le cuesta más aceptar lo nuevo, no? […] No te doy más lata, hijo. Pero después de haber visto a Brasil del ’70, a Holanda del ’74 y al Barcelona, es difícil que te deslumbre algo». La coincidencia con la opinión propia es casi absoluta, salvo porque algunos hemos nacido un par de décadas más tarde. Pero unos cuantos vídeos, la lectura y la narración de los afortunados han puesto las cosas en su lugar. El tipo, un privilegiado que ha visto en cancha al Santos de Pelé, a Diego, en sus primeros tiempos de Selección y en sus retornos a Boca, que le ha gritado un golazo de Messi al Maracaná y otro al cielo de San Petersburgo, que ha sido contemporáneo de Cruyff y de la Naranja Mecánica, y de cuanto equipo inolvidable se enumere, devoto de Bochini, Riquelme e Iniesta, ese tipo, ha acabado con el corazón roto. Casi como cualquier hincha del Barça.

Ni el aliento. Nada le ha quedado a este Barcelona. Se ha gastado todo. Tiene las cuentas en rojo. Ha hipotecado sus valores fundacionales. Se ha llevado puesto al mejor futbolista del planeta. Se ha cargado a su propio prestigio. Ha derrochado tiempo. Y dinero, claro. En soluciones falsas. En estrellas sueltas. Sin un cielo donde colgarlas. Porque, desde hace tres temporadas, vive más cerca del infierno, al que baja cada vez más seguido. Por eso, Messi andaba con miedo. Y con razón. Porque la pesadilla se hizo realidad otra vez. El cuco Bayern se lo ha devorado todo, hasta lo último que quedaba de un ciclo acabado hace rato: el orgullo. Las mini vacaciones en Ibiza no bastaban para conjurar milagros. Y Messi lo sabía mejor que nadie. La crisis deportiva e institucional que atraviesa el club no se despertó a partir de que el equipo de Quique Setién tirase la Liga por la ventana, como consecuencia de su juego apático. Las mezquindades y miserias de la actual dirigencia, capaz de difamar al jugador más valioso en la historia del Barça, además de hacerlo con otros dos hijos pródigos, como Pep Guardiola y Xavi Hernández, han marcado un camino con tantas piedras como desaciertos futbolísticos, de contrataciones y planificación. Nada más impropio en la cultura barcelonesa que este desapego de las raíces. Y lo suficiente para transformar la cuestión en un proyecto sin proyección. Una autodestrucción que quedó retratada con su propia sangre en Lisboa.


Messi andaba con miedo. Y con razón. Porque la pesadilla se hizo realidad otra vez. El cuco Bayern se lo ha devorado todo, hasta lo último que quedaba de un ciclo acabado hace rato: el orgullo. Una autodestrucción que quedó retratada con su propia sangre en Lisboa.

La otra imagen que pinta esta debacle tiene a Messi abatido, sentado en un vestuario funesto. Un capitán caído, sin más ánimos para nada. Que juega porque juega. Que va para adelante porque las piernas lo llevan. Que gambetea a rivales en solitario, desde el piso. Que apenas conecta con sus compañeros. Que se revuelca en la mierda de estos tiempos. Que tiene con qué, pero no tanto como hace cinco años, lógico. Pero que habla más, exige cambios y anticipa tempestades. Desde 2015, Messi se ha manifestado públicamente pocas veces y, casi siempre, en situaciones tormentosas. Para poner la cara tras la estrepitosa eliminación de Anfield; para salir al cruce de las críticas del director deportivo y ex compañero, Eric Abidal; para desmentir una supuesta oposición de la plantilla a la reducción de salarios, y que deslizaron desde el entorno del presidente blaugrana, Josep María Bartomeu; y para avisar que la senda que había tomado el club estaba empantanada. Y el lodo acabó tragándoselo.


La otra imagen que pinta esta debacle tiene a Messi abatido, sentado en un vestuario funesto. Un capitán caído, sin más ánimos para nada. Que tiene con qué, pero no tanto como hace cinco años, lógico. Pero que habla más, exige cambios y anticipa tempestades.

¿Qué veía Messi y no los directivos? Todo y nada. Líder consciente de un presente que ya lleva un par de campañas, el 10 ha visto la foto completa. Y los de traje y corbata, nada, porque han hecho la vista gorda ante el deterioro de un modelo que se comió las ilusiones en Roma, Liverpool y Lisboa, que se arrastró en el final de la última Liga y que, por primera vez en 13 años, no ha cosechado un solo título en una temporada ¿Cuánto tiene de responsabilidad cada parte? Resulta difícil caerle a Messi que, cada tanto, sacude la varita y hace magia. Que no se ha escondido. Y que no se ha cansado de pedir una reformulación del proyecto. Bartomeu, en cambio, no ha mirado mucho más allá de su ombligo y apenas ha intentado, sin éxito, proteger su imagen política de la opinión pública, incluso arremetiendo contra los estandartes de la era más consagrada, los símbolos vivos y los institucionales. Un desprecio sistemático que ha provocado un sinfín de controversias. El descontento de los jugadores, enfrentados a la presidencia y desconfiados del accionar de Abidal. La suspensión del directivo Jaume Masferrer. La llamativa renuncia de seis miembros de la Comisión Directiva, de su posición de privilegio, por ser un ámbito donde predomina la burguesía de Cataluña y que, además, el Barcelona es una de las pocas instituciones deportivas de España en la que sus socios eligen autoridades. La contratación de la auditora Price Waterhouse Coopers para que evalúe las circunstancias de una investigación interna. Y el despido de una empleada de la oficina anticorrupción de la entidad. Un escándalo, el Barça Gate, que sólo tenía razón de ser con una gestión que se autoflagela sin cesar. “El club está en un estado de debilidad”, confesó Piqué hace un tiempo. Afuera y adentro del campo.


Líder consciente del presente, el 10 ha visto la foto completa. Y los de traje y corbata han hecho la vista gorda ante el deterioro de un modelo que se comió las ilusiones en Roma, Liverpool y Lisboa, que se arrastró en el final de la última Liga y que, por primera vez en 13 años, no ha cosechado un solo título en una temporada.


Neymar y Lautaro Martínez son el auxilio que Messi pide. En contraste, la dirigencia se ha quitado un rato de encima a Coutinho y ha intercambiado a Arthur por Pjanic, un trueque casi inexplicable desde la edad y la rentabilidad.

¿Se trata de darle con los gustos a Messi? No, pero cómo no atender sus pedidos de ayuda. Neymar y Lautaro Martínez son el nombre y apellido de un auxilio que el capitán blaugrana precisa. En contraste, la dirigencia se ha quitado un rato de encima a Coutinho, prestado al Bayern, y ha intercambiado a Arthur por Pjanic, un trueque casi inexplicable desde la edad y la rentabilidad que suponen uno y otro. Y para colmo, el club necesita vender para comprar, porque tampoco tiene la billetera de otros años. En las últimas tres temporadas, en materia de fichajes y salarios, ha desembolsado más de 700 millones de euros, algo prácticamente inviable para cualquier entidad deportiva que no pertenezca de raíz al status empresarial. El Barça ha recurrido a dos fondos inversionistas en Estados Unidos para obtener dos créditos por un valor conjunto de 140 millones. Y a eso, le ha añadido una serie de artilugios contables que le permiten dejar la masa salarial en un 66%, cuando la verdadera relación entre ingresos y sueldos pisa el 80 por ciento. Aún así, desde 2017, ha gastado más dinero del que le ha ingresado. Otro aspecto que también ha conspirado contra el proyecto deportivo.


La jerarquía de Messi, Suárez y un puñado de figuras más no resuelve el problema: el modelo se ha gastado. Y no ha contado con un brazo ejecutor que sepa maquillarlo a tiempo. Pochettino es visto de reojo, por su lazo con el Espanyol ¿Será capaz de hacerlo Ronald Koeman?

¿Han estado los últimos fichajes a la altura del Barcelona? De este sí, qué va. Pero apuntarle sólo a la cabeza de Griezmann, Vidal, De Jong, Umiti, Lenglet, Dembelé y Braithwhite, por mencionar a algunos, queda, cuanto menos, corto de análisis. Barcelona deberá acaso reformularse desde las bases. La renovación se ha hecho, en cierto modo. De caras, por lo menos. Pero es evidente que eso no le alcanza para competir en el nivel Champions. Una plantilla reducida a la jerarquía de Messi, Suárez y un puñado de figuras más no resuelve el problema: el modelo se ha gastado. Y no ha contado con un brazo ejecutor que sepa maquillarlo a tiempo. No será Guardiola, bastardeado por esta dirigencia. Parece improbable que fuera a ser Xavi, ligado al pasado reciente y de quien dudan use el bisturí ¿Será capaz de hacerlo Ronald Koeman, hoy el nombre que suena fuerte en el Camp Nou? A Pochettino lo ven de reojo, por su lazo con el Espanyol, pero seduce su conducta firme. García Pimienta, de las entrañas culés, es una opción cercana y barata, pero también una incertidumbre. En cualquier caso, Barcelona deberá rediseñar su método, con Messi como bandera, siempre. Y ya no como un salvador. Y sin olvidar sus raíces. Para que nadie, ni el más cruyffista de los futboleros, se desenamore de este jueguito.

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