Messi, del sacrilegio de Bartomeu a un exilio en Manchester

LA BOMBA DEL SIGLO. Messi se quiere ir del Barça y a Bartomeu le ha estallado su soberbia en la cara. Pep prepara un City con Leo y Kun le guarda la 10. Un romance que se declaró en una servilleta y que acaba en un burofax.

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Por Emiliano Chavez

La pólvora está en el aire. La bomba ha explotado. Barcelona grita las heridas de una guerra que fue declarada desde un frente y contestada desde el otro. Sangra el Barça. Sangra sus fracasos de los últimos tiempos. Sangra la miseria de un presidente ciego de poder. Y sangra el final de una era, que ha sido la más asombrosa en la historia del fútbol, pero que ya no tenía pulso. Un campo minado que acabó por estallar la peor de las consecuencias para los culés: Messi se quiere ir del club que él mismo ha hecho más glorioso y por el que también Messi ha llegado a ser quien es hoy. Por más imposible que parezca, desea marcharse. Después del bombardeo alemán, el fuego cruzado en la interna todavía podía sonar más estruendoso. Lo impensado ya no lo era tanto. Y lo que nadie creía que pasaría, sucedió. El capitán dijo basta. A los atropellos de Bartomeu. A una gestión institucional autodestructiva. A la falta de proyectos serios. Y a un destrato tan insólito como absurdo. Se podrá romper entonces el binomio mágico, después de 16 años de vínculo profesional y dos décadas de idilio. Y así, la ’10’ blaugrana ya no enfundará al mejor futbolista del planeta. El Camp Nou se sentirá vacío, como nunca antes. Ni la partida de Cruyff, primero, ni la conflictuada salida de Maradona, más tarde, y ni siquiera el adiós más cercano de barcelonistas de pura cepa, como Guardiola, Xavi o Iniesta, han teñido de gris el colorido catalán de la manera en que lo haría la ausencia de la figura todopoderosa de Messi. Es que ningún otro ser viviente que haya pisado el césped de ese templo inmaculado de cracks lo ha iluminado tanto como él. Barcelona sangra la pérdida de su máximo estandarte. Una herida imposible de curar.

Será este abrupto final, el único trofeo de batalla que podrá llevarse Bartomeu. Un burofax para enmarcar y exhibirlo en el museo, al lado de la servilleta de papel en la que Carles Rexach, allá por diciembre de 2000, le entregara simbólicamente las llaves del Mundo Barça a ese preadolescente rosarino que soñaba entre goles, gambetas e inyecciones milagrosas. Podrá jactarse de haberse cargado a la estrella. Aún así, Messi se irá ancho de éxitos y habiendo desnudado por completo la soberbia de un jefe omnipotente. No tendrá una despedida con las luces del triunfo ni con el afecto hecho carne, y que merece. Una pena. Acaso esa sea su cicatriz más dolorosa. Pero, a través de su voracidad competitiva, más fuerte que todo, terminará sanando. Porque «un animal», «aquella bestia», tal como lo ha descrito Pep alguna vez, se lava sus propias heridas. Para hacerlo, buscará el mejor hábitat. Hoy, lejos de la Sagrada Familia. Tal vez lo encuentre, bien rodeado, en Manchester. Bajo el ala guardiolista. En la complicidad con su otro amigo, Kun Agüero, también top scorer histórico en su equipo. Dentro de una estructura firme, sólida y, paradójicamente, con ciertos aires del barcelonismo pasado. Gestionada por Txiki Begiristain, ex director deportivo blaugrana. Y encabezada por Ferran Soriano, actual CEO del City y quien fuera vicepresidente del Barcelona entre 2003 y 2008, y quien ya ha iniciado las tratativas para promover el pase del siglo. Será entonces que, si finalmente se concreta, como todo indica que así ocurrirá, Messi abandonará lo que, hasta hace un tiempo, era su zona de confort. Y enfrente tendría el desafío personal de revalidar una vez más, y vaya que lo ha hecho, su jerarquía nivel celestial, aunque sin el escudo protector de los ídolos eternos y en la liga más ferozmente competitiva del globo terráqueo. Con Guardiola otra vez en el banquillo. Y en una institución que, en efecto espejo, tiene la Champions entre ceja y ceja. Un combo perfecto para lo que su ambición le demanda.


Messi dijo basta. A los atropellos de Bartomeu. A una gestión institucional autodestructiva. A la falta de proyectos serios. Y a un destrato tan insólito como absurdo.

📷 EFE.

Ningún otro ser viviente que haya pisado el césped del Camp Nou lo ha iluminado tanto como Messi. Barcelona sangra la pérdida de su máximo estandarte. Una herida imposible de curar.

📷 Santiago Garcés / FC BARCELONA PRESS.

«¿Qué va a ser de ti, lejos de casa?», ahora sí, podrá preguntarle Joan Manuel Serrat, desde su fanatismo culé. Lo cierto es que, hace bastante, Barcelona ha dejado de ser un territorio plenamente confortable para Messi. Apenas en la intimidad de su residencia de Castelldefels, en los asados familiares junto a los Suárez y en poco más de la vida cotidiana en Cataluña podía encontrar algo de aquella comodidad que parecía inalterable. Las eliminaciones europeas anteriores, en Roma y Liverpool, y la reciente en Lisboa, fueron la pintura de una debacle futbolística que el astro argentino vio venir mucho antes y que intentó salvar. Sabía que ya no alcanzaba con lo que había a mano, a su alrededor. Pidió ayuda. Buscó soluciones. A cambio, un plan de difamación en las redes sociales, las promesas incumplidas y tanta indiferencia ante sus necesidades fueron erosionando su paciencia, hasta dejarla hecha polvo. Messi sintió más que nunca que dormía con el enemigo. La bronca exteriorizada post-derrota ante el Osasuna, en el cierre de la Liga, fue casi un aviso de renuncia. Pero en el seno de la presidencia no se lo creyeron. Y la masacre de Bayern fue la última pesadilla. Bartomeu aglutinó poder. La contratación de Koeman no trajo buenas sensaciones y, por el contrario, incrementó la desconfianza de Messi: le cercaron su liderazgo con una limpieza de vestuario que barrió a dos de sus laderos más importantes, como Suárez y Vidal. Otro accionar, por si faltaba alguno, que lo empujó a este precipitado y ensombrecido adiós.


Las eliminaciones en Roma, Liverpool y Lisboa fueron la pintura de una debacle futbolística que el astro argentino vio venir mucho antes y que intentó salvar. A cambio, un plan de difamación en las redes sociales, las promesas incumplidas y tanta indiferencia ante sus necesidades fueron erosionando su paciencia, hasta dejarla hecha polvo.

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La contratación de Koeman incrementó la desconfianza de Messi: le cercaron su liderazgo con una limpieza de vestuario que barrió a dos de sus laderos más importantes, como Suárez y Vidal. Otro accionar que lo empujó a este precipitado y ensombrecido adiós.

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Messi enfrentará el desafío personal de revalidar una vez más su jerarquía nivel celestial, en la liga más ferozmente competitiva del globo terráqueo. Con Pep otra vez en el banquillo. Y en una institución que, en efecto espejo, tiene la Champions entre ceja y ceja.

📷 EFE.

¿Acabará siendo el Etihad Stadium su nuevo hogar? Los rumores de las últimas horas lo han ubicado por esas latitudes a Jorge Messi, padre y representante de Leo, dispuesto a iniciar las negociaciones en persona. Una señal que casi desactiva la explosiva oferta que podría preparar Al-Khelaïfi, para montar un súper PSG, que reedite la MSN y con el plus de Mbappé. Más atrás, el dinero chino del Inter, un amante confeso de hace años, y las pretensiones del United, competidor natural de los Citizens, parecen haber quedado muy rezagados en la carrera por Messi. Tan cierto como que el destino Miami que propone Beckham o una mudanza a la Gran Manzana neoyorquina son todavía vistas como opciones a una mejor calidad de vida para el futuro. Con absoluta certeza, llorará a mares La Liga su alejamiento, acaso tanto como el Barcelona, en materia de prestigio internacional, calidad deportiva, marketing e ingresos. Y a río revuelto, ganancia de pescadores: la Premier, para terminar de consolidarse como The Special One entre los campeonatos de élite; la Ligue 1, por juntarlo con Neymar; la Serie A, por ponerlo otra vez a competir cara a cara con Cristiano; y hasta la MLS, porque tendría a Mickey Mouse y a Michael Jordan en un solo cuerpo, y en plenitud, se saborean de sólo imaginar el fenómeno socio-económico que significaría su llegada. Realidades y fantasías al margen, en la otra orilla, el Barça agotará las instancias para no ahogarse y, en todo caso, poder facturar una venta ‘no venta’, a partir de que la cláusula de ejecución unilateral a la que apela Messi no pese tanto más que la de rescisión. Mientras, entre presiones ejercidas por Bartomeu y sus amagues de dimisión, el City ha tirado la caña, a la espera de que la cuestión no se judicialice, y con las intenciones de regatear cada millón de euros como sea posible. Que no pondrá los 700 kilos del contrato para inclinar la balanza a su favor, eso está claro. Y menos, con la UEFA encima, por temas de Fair Play financiero. El entorno de Messi confía en que la FIFA le allanará el camino de salida, primando el derecho al trabajo, frente a un eventual litigio que Bartomeu promueva ante el TAS, y que el transfer no tardará más que una semana en llegar a las oficinas de su próximo club. Por más raro que suene. Es extraño hacerse a la idea. Ponerlo en palabras, todavía más. Y escribirlo hasta parece ridículo. Messi podrá dejar de ser un ciudadano permanente de Barcelona. Y muy probablemente lo sea de Manchester. Un sacrilegio y un exilio. Las secuelas de una guerra que el héroe se cansó de gambetear.

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