Messi, el Papa y la misa obligada en Barcelona

SE QUEDA. Del burofax a los 700 millones y entre comunicados, el mejor futbolista del mundo no maquilló su decisión. Un final no tan feliz.

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Por Emiliano Chavez

«El río de amor en el que nadas desde el día de tu debut, la ternura con la que te apoyan y te protegen, la fe que tienen puesta en ti (¡no la confianza, sino la fe!), ¿puede acabar? La última temporada ha sido la más absurda de todas y en el horizonte no se vislumbran nuevos proyectos ¿Puedes marcharte así, sin más?». La reflexión de Francesco Totti, en su autobiografía Un Capitano, acerca de la vez que pudo haberse despojado de su figura imperante de César Augusto exclusivo de los romanistas, encaja lo suficientemente bien en un paralelismo con las sensaciones que han atravesado a Lionel Messi en estos últimos tiempos. Y también cuadra con la conclusión. Porque, así como el ídolo máximo de la Roma, Messi ha decidido continuar en el lugar que lo ha visto crecer como la joya que maduró su talento hasta convertirse en el ícono futbolístico de su historia. Aunque si se propone un juego de diferencias, sentidos de pertenencia al margen, encontrar a Barcelona algo menos fervorosa que la Ciudad Eterna, será apenas un dato menor. Porque el 10 argentino, y ahora sí con un sentir distinto al del italiano, e incluso de sus propios anteriores amagues de salida, se quedará en el club de toda su vida, aún queriendo marcharse. Una voluntad que había sido puesta de manifiesto en ese frío burofax. Que se le había notado antes, en cada reclamo público a una dirigencia sorda. Y que se le ha sentido en cada palabra suya, en la entrevista que le concedió a Goal España, que le sirvió para comunicar su marcha atrás en la decisión rupturista inicial, a pesar de reafirmar su intención de salir del Barça, y sobre todo para contar su verdad, sin maquillaje. Una verdad que se pronuncia lejos de ser papista, aunque para los culés, Messi sea el Papa.

No se ha ocultado en la demagogia. Messi, así como a las patadas, no le quitó el cuerpo a la realidad de su deseo. Quería irse. Y tampoco disfrazó su decisión de seguir en el Barcelona, con un factor emocional que le cambiara la ecuación. Porque, esta vez, su necesidad de «nuevos aires» pesaba más en la balanza que el llanto de sus hijos por tener que dejar las amistades de Castelldefels. Y porque, en definitiva, la inflexibilidad de Bartomeu, capaz de arrastrarlo al plano judicial, razones legales a un lado, es el ancla que lo mantiene en Cataluña. “Voy a seguir en el club porque el presidente me dijo que la única manera de irme era pagar la cláusula de 700 millones. Algo que es imposible. La otra forma era un juicio. Y yo contra el Barça no iría porque es el club que amo. Es el club de mi vida. Me dio todo y yo le di todo. Jamás se me pasó por la cabeza llevar al Barcelona a juicio». Rehén de una puja de poderes, que incluye la parcialidad de LaLiga, Messi ya no está dispuesto a forzar una pulseada legal. Porque no lo siente. Y porque no le queda bien al mejor futbolista del mundo salir por la puerta de atrás. Haber pateado el tablero con una carta documento no ha sido un arranque de ira, tanto menos un capricho, sino una expresión de deseo, meditada durante meses. Aunque mal pensada por su entorno, si es que no había garantías plenas desde lo jurídico. Porque, aún cumpliendo la totalidad de su contrato y bajo ese aura papal indeleble, los catalanes más fieles se han sentido huérfanos por unos días y los más consevadores se han animado a blasfemar la fe de Messi. Algo que hizo ruido en el interior del capitán: «Me sentí dolido por cosas que escuché de la gente, del periodismo, poniendo en duda mi barcelonismo”. Un precio que sólo el crédito divino de ser Messi puede abonar.


Messi se quedará en el club de toda su vida, aún queriendo marcharse. Una verdad que se pronuncia lejos de ser papista, aunque para los culés, el 10 sea el Papa.


El capitán no disfrazó su decisión de seguir en el Barcelona, con un factor emocional. “Voy a seguir porque el presidente me dijo que la única manera de irme era pagar los 700 millones. Algo que es imposible. La otra forma era un juicio. Y el Barça es el club de mi vida. Jamás se me pasó por la cabeza hacerlo«.

«¿Qué quieres hacer con tu vida?». La pregunta que Totti reveló haberse formulado cuando lo buscó el Real Madrid, convencido de que vestirse de blanco era más atinado para soñar con una Champions y el Balón de Oro, es la que Messi se ha repetido a sí mismo una y otra vez en esta última temporada. Ese hambre ganador que hizo dudar al romano fue lo que motorizó a Messi a ser Messi y a tener, en cierto modo, esa voracidad que alimenta a cualquiera de estos animales competitivos, con la salvedad de que el rosarino ha nutrido su vitrina de un palmarés que abarca todos los rubros, como casi ninguno entre los más laureados. Y también ha sido lo que lo empujaba a un exilio, acaso en Manchester, que lo reencontrase con Pep y Kun en esa búsqueda implacable de gloria permanente. Porque GOAT, por ser GOAT, no soporta la derrota. Apenas la asume. Y le resulta inviable subsistir en un contexto que no siente ambicioso. «Quería un proyecto ganador. Ganar títulos con el club para seguir agrandando la leyenda del Barcelona. Y la verdad es que hace tiempo que no hay proyecto ni hay nada. Se van haciendo malabares y van tapando agujeros a medida que pasan las cosas… Le dije al presidente que me quería ir. Se lo llevo diciendo todo el año. Creía que se había terminado mi etapa en Barcelona. Que el club necesitaba más gente joven, jugadores nuevos. Lo siento muchísimo porque siempre dije que quería acabar mi carrera aquí. Pero este año no encontré la felicidad acá”. Por decirlo con un acento riquelmeano, lejos del triunfo, Messi no está ‘feli’.


Que el 10 haya pateado el tablero con una carta documento no ha sido un arranque de ira, ni un capricho, sino una expresión de deseo, meditada durante meses.


Los catalanes más fieles se han sentido huérfanos por unos días y los más consevadores se han animado a blasfemar la fe de Messi. Un precio que sólo su crédito divino puede abonar.

Resignado. Así se lo observó en cada gesto y hasta se lo percibió en el tono que usó para contarle al mundo su decisión. Y a desgano. Con ese espíritu, permanecerá Messi, por lo menos en este reinicio de su etapa blaugrana. La casi segura salida de su amigo Suárez le hará todavía menos llevadero su regreso a la Ciutat Esportiva. Pero no chistará. Messi, contrariamente a lo que algunos siempre pretendieron instalar, no arma equipos. Apenas ha hecho sugerencias, que hace mucho no son escuchadas. Algo que también ha ido demoliendo su entusiasmo por permanecer. Su estado de ánimo dependerá de Koeman, con su ideario, y de con qué nombres lo rodearán en su nuevo intento por besar el éxito en Europa. «Mi actitud no va a cambiar por más que me haya querido ir. Voy a dar el máximo. Soy competitivo y no me gusta perder a nada. Siempre quiero lo mejor para el club, para el vestuario y para mí. Lo dije en su momento que no nos daba para ganar la Champions. Ahora no sé qué va a pasar. Hay un entrenador y una idea nueva». Aventurarse con lo que pueda ocurrir más allá de las elecciones presidenciales de marzo, a esta altura y vistos los vaivenes de esta novela, sería cuanto menos insensato. Agotar su versión de futbolista en el Barça o viajar hacia otro desafío, ya sea en Manchester, París, Estados Unidos o el imposible de Newell’s, será algo que Messi deberá repensar otra vez. Hasta entonces, el Camp Nou celebrará su misa.

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