Johan, El Futbolista Total

Johan, el futbolista total
EL FENÓMENO DE ÁMSTERDAM. Tan genial como carismático, Cruyff le agregó una vuelta de rosca al juego y dejó un legado que vale lo que una Copa del Mundo.

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Por Emiliano Chavez

“Señora, deje de lavar esa ropa, ahora usted tendrá que atender a Johan Cruyff, ¡el más grande jugador de fútbol del mundo!”. Sería absurdo tomar esa frase como elemento revelador de una actitud patriarcal. Petronella Draaijer trabajaba en la lavandería del club. La pérdida de su esposo, unos años antes, la empujó a dejar la tienda de frutas y verduras que atendía para tomar un oficio mejor pago. El Flaco de Ámsterdam, desde un simpático narcisismo, no encontró una manera más elocuente para contarle a su madre que acababa de firmar su primer contrato. Aquello era tan sólo un papel inexpresivo. Un formato que apenas entiende de vínculos profesionales, pero que jamás podrá transmitir en sus cláusulas el verdadero significado de haberlo conseguido.

El frío penetra en la carne, llega a los huesos. Los músculos todavía están entumecidos. El profe grita, exige, casi sin dar respiro. La escarcha se levanta del césped y las pantorrillas se empapan al ritmo del chapoteo de los botines. De fondo, se escucha un silbato que frena la marcha. Todos al círculo central. Las pecheras se reparten. Es tiempo de mostrarse, otra vez. Como cada mañana. Como cada tarde. Es miércoles. Faltan tres días para el partido. Y un par de años, o tal vez uno, con suerte, para llegar. Al sueño de ser, de permanecer. No importa cuánto talento se pueda ostentar. Ni siquiera el placer de hacer lo que tanto gusta. El sacrificio no es tan fácil de visibilizar como de sentir. Nunca lo es.

Para Hendrik Johannes Cruijff el mundo Ajax no era algo lejano. Más bien era un ambiente familiar: además de su madre, también trabajaba allí su tío Henk, como jardinero. El pibito criado en el barrio Betondorp vivía prácticamente en el club. Y de tanto dar vueltas por las entrañas del viejo estadio de Meer, como si estuviera guionado, el destino se encargó de la otra parte, cuando a un equipo infantil le faltó un jugador. A sus diez años, este flaquito, casi escuálido, había pasado de estar mirando el partido desde afuera a vivirlo en primera persona, para abrirse a sí mismo las puertas de la Academia Ajax.

Es sábado. El abuelo está parado, soportando el viento. Lleva puestos dos abrigos y una bufanda. Pero la helada de la mañana es implacable. Se agarra del alambrado que lo separa de la cancha, probablemente, para sentirse más cerca de su nieto, que le guiña el ojo mientras canaliza la ansiedad con una última corrida antes del saque inicial. En el juego no pasa mucho. La pelota, de a ratos, viaja más por el aire que por tierra. El rival se compacta para marcar y obliga a recibir de espaldas. Los de afuera no son de palo. El padre se convierte en Rinus Michels. Explica movimientos tácticos, hace gestos con la cara y agita los brazos para señalar los espacios vacíos. La madre reza en silencio, apenas se le escapa un grito de aliento y cada tanto pregunta a su alrededor cómo está jugando su hijo. Adentro, el nene esquiva patadas, pero conduce los ataques con amor propio. Y mira de reojo, casi desafiante, ante cada indicación paternal. Él, más que nadie, sabe que siempre está a prueba.

Antes de su auspicioso debut, Cruyff debió enfrentar la muerte de su padre. Era un preadolescente que de pronto se cargó la responsabilidad de ayudar a su familia. Su apuesta fue fuerte, aunque no fuese lo más aconsejable: dejó los estudios para dedicarse full time a su sueño, que pasó a tener forma de proyecto salvador. Acaso esa manera de asimilar el dolor y las necesidades terminaron de configurar al fenómeno rebelde que fue dentro y fuera de la cancha. Lo cierto es que esa rebeldía merecía su lugar. Johan había llegado para quedarse.

«Buiten spelen zou een vak moeten zijn op school», se lee en la casa donde Cruyff pasó su niñez. Para él, jugar al aire libre debía ser una asignatura en la escuela. El juego lo era todo. Por lúdico. Por el arte de crear. Por la libertad de ser. Tal vez porque el futbolista, ya con obligaciones, no agota sus sensaciones en 90 minutos. No las traduce sólo en ganar o perder, en hacer un gol o salvarlo, o en ser la tapa. Ni el más materialista puede decir que el negocio se lleva todo por delante. Jugar al fútbol no es jugar a la pelota. Es mucho más que eso. Es un recorrido cargado de emociones que se resetean diariamente. Es perseguir una ilusión que se construye entre alegrías compartidas y frustraciones, muchas veces, guardadas en el alma. Los consagrados no fueron la excepción a esta regla. Ni siquiera el genio de Cruyff.